• Eduardo A. Saldivia

Gestión sostenible del suelo

El 5 de diciembre se celebró el Día Mundial del Suelo, con el propósito de incentivar una preocupación por el cuidado y uso que le damos a este recurso, tanto para la agricultura como para todas nuestras interacciones en general.


En el caso del suelo urbano, éste admite infraestructura y viviendas, constituyendo un entramado nuevo al que denominamos hábitat urbano. Pero lejos de caer en llamarle infraestructura solamente a una cañería cloacal -que también lo es-, la infraestructura que equipa a una ciudad son además: su red de ambulancias, sus cuadrículas policiales o la cobertura de las antenas que brindan señal de celular. Una complejidad que requiere de planificación territorial y de una responsable gestión del suelo urbano.


Antes de la cuarentena no terminaba de estar bien visto atender nuestro trabajo desde casa, no estábamos acostumbrados y a algunos hasta les parecía poco serio hacerlo. Hoy está comprobado que se puede ser igual de profesional, incluso muchos hablan de una mayor eficiencia del personal trabajando desde el hogar.


Entidades bancarias y financieras actualmente ocupan espacios menores. Algunas recurren a la modalidad de burbujas y no necesitan el espacio que antes alquilaban para la totalidad de los empleados, porque -según el día- siempre hay un grupo rotativo grande de gente que no viene. En otros rubros, dependiendo el negocio, adoptaron la modalidad home-office de manera permanente en ciertas áreas, para que ahora trabajen a tiempo completo fuera de la oficina.


En definitiva, las posibilidades que nos ofrece la comunicación terminaron de fusionarse con nuestra sociedad cuando fueron empujadas por la pandemia. Los centros quedaron semivacíos y encontramos edificios desocupados en todas las áreas centrales de cada ciudad. Oficinas que ya a nadie le interesa ocupar. Frente a esta situación, y con el problema de acceso a la vivienda de tantas familias, las comunas están revisando sus códigos y sus zonificaciones, de manera que se vuelva más amigable vivir en centro para quienes elijan esta posibilidad.


Los cascos antiguos necesitan convertir sus viejas dependencias administrativas en departamentos habitables, iluminados y ventilados, con espacio suficiente para que las personas puedan vivir confortablemente. Un ejemplo simple podría ser el de los baños y las cocinas, que suelen ser de dimensiones mínimas aún en oficinas muy grandes, incluso hay muchas con baños compartidos. Si a esas oficinas las queremos convertir en viviendas, primero hay un gran trabajo de reformas por hacer. Además, a esto se le suma el equipamiento urbano, ya que las familias que allí se instalen necesitan comercios cotidianos, escuelas públicas, y sobre todo espacios verdes.


De esto hablamos cuando hablamos de una ciudad distribuida, la baraja se reparte de forma pareja por todo el territorio. En los barrios donde antes sólo había casas, ahora necesitamos lugar para comercios, consultorios y oficinas. Y -al mismo tiempo- necesitamos adecuar el microcentro para que empiece a vivir más gente allí. A este fenómeno no debemos confundirlo con descentralizar, en una ciudad descentralizada hay un barrio más importante que otro, uno tiene la sedes y el otro las sucursales. En una ciudad distribuida encontramos un universo de barrios que convive y conforma un consorcio llamado ciudad.


El tema del suelo rural resulta no menos complejo, ya que algunos especialistas consideran de una forma muy ortodoxa que aquella zona donde llega un tendido telefónico, un tendido eléctrico, un camino con señales, y campos con alambrados, tranqueras y escrituras, debería considerarse por urbanizado. Que esté mal urbanizado, poco urbanizado, que podría tener más infraestructura, es otro tema, pero no es rural. Y consideran verdaderamente rural sólo aquellos entornos donde el hombre y su cultura no han llegado.


Sea a través de la lente de los más puristas o no, evidentemente la provincia de Misiones está destinada a tener al suelo rural como parte de su identidad. Ya que cuenta con 15.000 kilómetros cuadrados de selva preservada -la mitad de la provincia- que esperamos que siga así, nativa, lejos de la intervención del hombre por muchas generaciones.


De todas formas, si nos guiáramos por definiciones más convencionales de lo rural, en la actualidad uno de cada tres misioneros vive en lo que llamamos zona rural, y en el futuro -si bien esa cantidad será menor- se estima que será uno de cada cuatro, una proporción aún muy importante y que vuelve prioritario atender la realidad de lo que pasa allí, y su derecho de acceso al suelo.


En este sentido también se está revisando desde las provincias y desde la Nación el uso que se les dará a los suelos cultivables. Misiones pudo esquivar el agronegocio del glifosato y la soja, pero no está exenta de caer en la tentación de otros monocultivos. Por un lado tenemos la forestoindustria y el pino que convierte nuestra geografía en los llamados “desiertos verdes” ya que parecen bosques muy naturales pero ya nada vive allí. O el actual conflicto por el “oro verde” y la regulación sobre plantaciones nuevas de yerba mate, que todos quisieran extender. Escenarios muy complejos de regular, y donde es muy difícil tomar decisiones certeras, nuestro suelo no es un recurso infinito.


Lo que es seguro es que una persona para poder ser plena, necesita acceder a una porción de suelo, sea urbano o sea rural, es un derecho para poder vivir y trabajar. Esperemos que el próximo plan de viviendas no sea en las afueras de la ciudad, en un lugar donde hoy llega ni el transporte público de calidad, sino que sea readecuando un edificio vacante del área central. A su vez, ojalá no caigamos en la trampa de los cultivos transgénicos y atendamos siempre la salinización que produce sobreexigirle a nuestras tierras. En conclusión, que podamos alcanzar el futuro que anhelamos con comunidades más inclusivas y equitativas para todos y todas, aprovechando las posibilidades de una gestión sostenible y responsable de nuestro suelo.

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