• Eduardo A. Saldivia

Desafíos de la nueva normalidad

El 2020 marcó un año crítico, en el que las crisis ambientales, de salud, económicas y sociales se correlacionaron e interconectaron, esto hizo surgir -una vez más- la necesidad de abordar con urgencia problemas globales imprevistos. En respuesta a la complejidad de estos escenarios cambiantes generados por los avances tecnológicos y la innovación, junto a una conciencia cada vez mayor de la naturaleza finita de nuestros recursos, ha quedado claro que el futuro debe estar caracterizado por la colaboración y una profunda conciencia y ética.


Cuando empezamos analizar este nuevo mundo, esto que muchos medios denominan una nueva normalidad. Encontramos que estos son los principales desafíos que enfrentan nuestras ciudades después de la pandemia:


Pobreza. Muchas personas condenan a los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el 2030 por considerarlos utópicos o inalcanzables, y -sin lugar a dudas- la pobreza cero es uno de ellos. El caso argentino es todo lo que está mal. En 2015, cuando nuestro país asume los ODS, la pobreza era del 30,1% según el Indec. Y el último reporte del Consejo de Coordinación de Políticas Sociales de la Presidencia informa que el 49,6% de la población total del país está en condiciones de pobreza a finales del 2020. No avanzamos, retrocedimos. Y es por eso que -aunque pueda parecernos una utopía- debemos seguir trabajando por superarla, luchar contra la pobreza debe mantenerse a la cabeza de las prioridades.


Equidad. Darle a cada uno lo que necesita no se trata de igualdad. Un ejemplo claro es el del acceso a la vivienda. Tenemos serios problemas habitacionales, hay familias que necesitan un techo nuevo, pero hay otras que sólo necesitan agrandar su casa porque se agrandó su familia, regularizar su situación dominial, o necesitan un crédito con intereses menos usureros. Desde las organizaciones no gubernamentales encontramos excelentes casos de censo y estadística en que pudieron determinar con muy buena precisión quién necesita ayuda y cuál es la ayuda que necesita. Los gobiernos podrían permitirse aprender de ellos y crear alianzas.


Inclusión. Como criterio organizador de todas las ideas. Ninguna política va ser buena sino tiene en cuenta a todos. Que todos pasen a formar parte de la comunidad será la llave para el desarrollo humano pleno, para que las personas puedan darle un sentido a su vida. En este sentido, desde Naciones Unidas se viene impulsando la campaña ‘No dejar a nadie atrás’, subrayando la problemática de los refugiados ambientales, personas que deben mudarse de sus hogares desplazados por el Cambio Climático.


Inteligencia. Tenemos el deber de traer nuestras ciudades al siglo XXI. Las posibilidades que nos ofrecen las telecomunicaciones y la informática nos permiten optimizar recursos, acelerar procesos, tener mayor transparencia y son fuente de un gran ahorro para las comunas. En este sentido, hay procesos repetitivos, rutinarios, que no requieren de una persona y pueden ser automatizados eficientemente. Es importante dejar en claro que la tecnología no va a reemplazar a nadie y nadie va a quedarse sin trabajo, por el contrario, es en aquellas tareas donde hace falta empatía, socializar y atender a los vecinos donde ningún robot puede reemplazarnos y va a hacer falta mas gente para poder ofrecer un mejor servicio.


Naturaleza. El entorno natural que nos rodea y en el cual estamos inmersos no puede estar ajeno a nuestras preocupaciones principales. Hay estudios concluyentes que afirman que la pandemia de Covid-19 se debe al calentamiento global que produjo la mano del hombre, y no se descarta que vuelva a suceder. Nuestra salud depende de ello, es el aire que respiramos, el agua que tomamos, son nuestros alimentos y nuestra energía para trabajar los que están en juego. Aquí es cuando empezamos a a hablar de restauración, porque no se trata de dar menos, deforestar menos hectáreas de bosque nativo al año. Necesitamos tener ambiciones de no solo dejar de destruir, sino también de devolverle a nuestro ambiente lo que le quitamos, desentubar los arroyos, levantar los pavimentos y volver a plantar árboles. Es el único camino posible.


Como conclusión, todo apunta a que tenemos que adaptarnos, poder hacer nuestras vidas y alcanzar la felicidad pero por un camino diferente al que creíamos, resiliencia. Hoy un exitoso profesional ya no tiene su oficina en lo más alto de una torre en Catalinas, incluso se puede trabajar sin ir 45 horas semanales a una oficina, aparecen el teletrabajo y el respeto por nuestra necesidad de estar más tiempo con nuestros seres queridos.


Cada vez más mayores llegan a edades avanzadas con buena salud y una gran lucidez, quieren seguir aportando desde sus posibilidades, tenemos que ayudarlos a cuidar ese lugar que les pertenece. Escuchar a los niños, podrían tener una silla en las conferencias de prensa de los ministerios de educación, dejar que ellos también nos cuenten lo qué les pasa, con sus centros de estudiantes y sus ganas de crecer. Son los dos grupos que más sufrieron el encierro de la cuarentena. En definitiva eso es gobernanza, participar a todos en la toma de decisiones.

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